La energía que queremos: aprendizajes de una propuesta de transición energética

Por Miguel Bello

Hay una pregunta que debería estar en el centro de cualquier conversación sobre transición energética, y que casi nunca se hace: ¿transición para quién, decidida por quién, y al servicio de qué futuro?

Cuando se habla de transición energética en Colombia, la conversación suele empezar por los megavatios, los paneles solares, las inversiones en infraestructura limpia y los compromisos climáticos. Todo eso importa. Pero si esa conversación no pregunta quién decide, quién se beneficia y quién carga con los costos del cambio, lo que tenemos no es una transición justa, sino una nueva versión del mismo modelo: centralizado, extractivo y diseñado desde arriba.

Ese es el nudo que intentamos desatar en 2025, cuando Pluriversa, junto con Fundación TerritoriA y el Semillero de Transición Energética de la Universidad del Magdalena, presentamos una propuesta para liderar el Systems Hub para una Transición Energética Segura y Sostenible en Colombia, convocado por Engineering X y la Royal Academy of Engineering del Reino Unido.

Equipo del consorcio para el Systems Hub.

No fue una propuesta cualquiera. Fue, probablemente, el ejercicio más complejo que hemos formulado hasta ahora. No solo por la calidad técnica que exigía, sino porque nos obligó a responder una pregunta de fondo: ¿cómo se diseña una plataforma capaz de acompañar una transición energética que sea realmente justa, territorial, sistémica y plural?

Llegamos hasta la entrevista final. No fuimos seleccionados. Pero el proceso dejó algo valioso, y es eso lo que queremos compartir aquí, porque creemos que puede contribuir a un debate que Colombia necesita dar con mayor profundidad.

El problema de fondo

La convocatoria partía de una premisa acertada: la transición energética en Colombia no es un problema lineal ni exclusivamente técnico. Es un desafío profundamente sistémico, atravesado por tensiones entre escalas, actores, territorios, lenguajes, modelos de “desarrollo” y estructuras de poder.

Desde el inicio nos quedó claro que el reto no era solo de coordinación entre sectores. El problema era más estructural: en Colombia seguimos intentando resolver la transición energética desde un paradigma que privilegia la centralización, la expansión de infraestructura y una idea muy estrecha de “progreso”.

Ese marco produce efectos concretos y conocidos. Comunidades excluidas de la toma de decisiones. Proyectos de “energía limpia” que reproducen viejas lógicas de despojo. Narrativas de transición que hablan de un futuro verde sin preguntarle al territorio qué futuro quiere. Y una dificultad persistente para construir algo más que proyectos aislados.

El corredor carbonero del Cesar, la Guajira y el Magdalena lo ilustra bien. Décadas de extracción de carbón generaron riqueza para el país pero dejaron comunidades contaminadas, ríos afectados y economías locales atadas a una industria que hoy enfrenta el declive. Si la transición energética no se piensa con cuidado, puede reproducir exactamente esa lógica, solo que con paneles solares o parques eólicos en lugar de minas.

Por eso la pregunta central dejó de ser “¿cómo hacemos un Hub eficiente?” y pasó a ser otra: ¿cómo diseñar una infraestructura que permita a los territorios imaginar, definir y activar sus propias transiciones energéticas como parte de transformaciones ecosociales más amplias?

Nuestra propuesta: una infraestructura cívica viva

Nuestra apuesta no era construir una oficina técnica con expertos que coordinan desde Bogotá. Era algo más difícil y más necesario: lo que nombramos como una infraestructura cívica viva (living civic infrastructure).

¿Qué significa eso? Significa imaginar el Hub como un ecosistema de relaciones: nodos territoriales, comunidades de práctica, laboratorios de aprendizaje, espacios de gobernanza distribuida donde comunidades indígenas y afrodescendientes, trabajadores del carbón en transición, organizaciones campesinas, jóvenes, emprendedores, universidades y gobiernos locales puedan co-definir sus propias transiciones energéticas, en función de sus realidades ecológicas, sus valores culturales y sus horizontes de vida digna.

La diferencia no es menor. Es la diferencia entre una transición diseñada para los territorios y una transición diseñada desde los territorios.

Concretamente, imaginamos el Hub como un ecosistema de relaciones con cuatro capas entrelazadas. 

  • La primera era la infraestructura relacional: espacios estables de confianza entre comunidades, sector público, academia y actores productivos, donde el conocimiento indígena, campesino y comunitario tiene el mismo peso que el conocimiento técnico.
  • La segunda era la activación territorial: nodos misionales que co-diseñan, prueban y escalan soluciones concretas, con reglas claras de participación, consentimiento y beneficio compartido. 
  • La tercera era el aprendizaje sistémico: mapas vivos de actores, comunidades de práctica, formación de formadores y herramientas abiertas para que lo aprendido circule como bien común y no quede encerrado en informes.
  • Y la cuarta eran las infraestructuras con visión a largo plazo: mecanismos financieros, gobernanza distribuida y narrativas capaces de sostener el cambio más allá del ciclo de una subvención.
Nuestra propuesta para orquestar una infrastructura cívica viva, empleando pensamiento sistemico, diseño de gobernanza y modelos Teal.

En el centro de todo esto había una apuesta metodológica clave: pasar de negociar proyecto por proyecto a orquestar portafolios territoriales, donde distintas iniciativas se refuerzan entre sí y responden a una misión compartida.

Lo más valioso del proceso fue el encuentro

Uno de los momentos más reveladores del proceso ocurrió en las primeras conversaciones con el Semillero de la Universidad del Magdalena. Lo que apareció allí no fue solo capacidad académica sino algo más potente: investigación situada en el corredor carbonífero del Caribe, trabajo directo con cooperativas de extrabajadores mineros, experiencias en reconversión laboral, comunicación popular, pedagogías públicas y narrativas construidas desde el territorio con fuerte enfoque de género.

Eso nos recordó algo esencial que suele olvidarse en los diseños institucionales de las transiciones: en Colombia ya existen capacidades muy sofisticadas para pensar la transición desde abajo. El problema no es la ausencia de inteligencia territorial. El problema es que esa inteligencia rara vez organiza las reglas del juego.

También fue muy valioso el diálogo con TerritoriA. Su experiencia en filantropía comunitaria y fondos territoriales nos ayudó a ampliar una intuición que en procesos de transición suele quedar a medias: la financiación no es un asunto posterior al diseño. Es una dimensión estructural del mismo. No basta con tener buenas ideas si los mecanismos financieros no están diseñados para que el valor permanezca en los territorios y fortalezca su autonomía.

Pluriversa por su parte, lideró el consorcio y aportó pensamiento sistémico, prospectiva, diseño de gobernanza y facilitación multiactor, con una lectura desde el posdesarrollo y la transición ecosocial. Es decir, la convicción de que no basta con cambiar la fuente de energía si no se transforman también las reglas, las estructuras, las metas y el paradigma que orientan el sistema.

Una de las mayores fortalezas del proceso fue, precisamente, la peculiaridad del equipo. Nuestro consorcio era poco usual, pero eso también hacía parte del mensaje: la transición energética necesita alianzas inusuales, pero coherentes con la misión.

Aprendizajes que nos siguen acompañando

El proceso nos dejó varios hallazgos que siguen siendo relevantes más allá de esta convocatoria.

Primero, la transición energética necesita otro lenguaje. Mientras se narre exclusivamente como un desafío tecnológico, seguirá dejando por fuera dimensiones fundamentales como el cuidado, la memoria, la justicia territorial, la dignidad laboral y la pluralidad cultural.

Segundo, la gobernanza también se diseña. Las reglas sobre quién decide, cuándo, con qué criterios y a qué ritmos son parte del problema, pero también pueden ser parte de la solución.

Tercero, la inclusión real vuelve los procesos más exigentes, pero también más legítimos. Incorporar voces comunitarias, saberes indígenas, trabajadores en transición y organizaciones territoriales no es un gesto decorativo. Hace el proceso más complejo, sí, pero también más verdadero.

Cuarto, el financiamiento no tiene por qué llegar al territorio solo como control o ejecución. También puede llegar como habilitador, como confianza y como capacidad distribuida. Eso exige modelos más inteligentes e híbridos, capaces de financiar no solo proyectos, sino también articulación, aprendizaje e infraestructura relacional.

Quinto, la transición energética en Colombia seguirá expuesta a cambios de gobierno, disputas regulatorias y tensiones ideológicas. Por eso necesitamos diseñar infraestructuras vanguardistas que no colapsen con cada giro institucional.

Sexto, no todos los territorios tienen las mismas condiciones de seguridad, organización, legitimidad o capacidad de implementación. Habrá que secuenciar mejor, empezar donde existan condiciones mínimas y evitar la romantización del territorio.

Y finalmente, quizá el desafío más profundo sea este: pasar de imaginar transiciones energéticas a construir transiciones para la vida, donde la energía se entienda como parte de un sistema mayor que incluye cuidado, autonomía, reparación, educación, producción, cultura y territorio.

También queda un desafío más profundo: pasar de imaginar transiciones energéticas a construir transiciones para la vida, donde la energía se entienda como parte de un sistema mayor que incluye cuidado, autonomía, reparación, educación, producción, cultura y territorio.

Una tensión que vale la pena nombrar

El feedback que recibimos de los evaluadores fue generoso y nos dejó aprendizajes reales. Reconocieron la sofisticación conceptual de la propuesta, el compromiso con la descentralización y la inclusión, la solidez de la teoría de cambio y la creatividad del modelo de gobernanza y financiación. Pero también señalaron preocupaciones importantes: la estructura de dedicación parcial del equipo generaba dudas sobre la capacidad de entrega, la gobernanza propuesta era percibida como compleja para el ritmo que exige el primer año, y había preguntas sobre nuestra capacidad de convocatoria a escala nacional.

Eso nos dice algo importante sobre la tensión que existe cuando se propone un modelo realmente diferente: los criterios de evaluación, inevitablemente, tienden a favorecer lo conocido. Una propuesta ágil con liderazgo centralizado puntúa bien en “capacidad de entrega”. En cambio, una propuesta que apuesta por la gobernanza distribuida, la co-creación y el ritmo propio de los procesos comunitarios, puntúa como “compleja” o “lenta”. 

No hay necesariamente mala fe en eso. Pero sí hay una tensión que vale la pena nombrar: las transiciones profundas no caben bien en los paradigmas y formatos diseñados para proyectos convencionales.

Y eso no es una excusa. Es una invitación a seguir perfeccionando cómo articulamos la profundidad con la operatividad, cómo hacemos que una visión sistémica y relacional también sea convincente en términos de ejecución concreta.

Nuestra Teoría de Cambio para el Systems Hub.

Colombia, además, necesita aprender a sostener una doble exigencia que no es sencilla: procesos más lentos, participativos y respetuosos de los ritmos territoriales, y al mismo tiempo resultados tempranos que construyan confianza sin que la complejidad se convierta en parálisis.

La visión sigue viva

No fuimos seleccionados. El Hub será liderado por Movilizatorio, una organización con capacidades reales y con quienes compartimos más de un principio. Le deseamos mucho éxito, porque la misión importa más que quién la lidera.

Nosotros, mientras tanto, seguimos comprometidos con la pregunta de fondo, que no desaparece con el resultado de una convocatoria: ¿cómo hacer que la transición energética en Colombia sea también una transición ecosocial, una oportunidad para redistribuir el poder, regenerar los territorios y construir autonomía comunitaria?

Esa pregunta no tiene una sola respuesta ni una sola organización que la resuelva. Tiene muchas respuestas posibles, ancladas en muchos territorios distintos, construidas por muchos actores que ya están haciendo el trabajo día a día. Desde el Caribe carbonero hasta el Suroeste antioqueño. Desde las cooperativas de energía solar hasta los semilleros universitarios. Desde las organizaciones de mujeres que defienden el agua hasta los extrabajadores mineros que imaginan otro futuro productivo.

Lo que necesitamos va más allá de un Hub. Necesitamos que esas experiencias puedan encontrarse, aprender unas de otras y construir juntas la narrativa y la infraestructura para una transición que sea, de verdad, más justa, más plural y más arraigada en los territorios.

Por eso compartimos este proceso. No como un caso cerrado, sino como una invitación a seguir conversando.

Agradecimientos

Al fantástico equipo del consorcio: Andrea Carolina Cardoso Diaz, Carolyn Caselles, David Mora, Hugo Felipe Bogotá, Isabel García García, Jeannie Carolina Sánchez, Loraine Lora, Mariana Parra, Mauricio Franco, y Paula Jaime M.


Si estas ideas resuenan contigo, te invitamos a explorar cómo las podemos llevar a la práctica junto a comunidades en Colombia y la región; escríbenos a hola@pluriversa.org.